Creo que hoy en día ya no nos asusta la mentira puntual, sino la destrucción del propio criterio de verdad. A primera vista podría parecer que el objetivo de quien miente es que los demás le crean. Pero cuando la mentira se vuelve constante, exagerada y contradictoria, deja de ser creíble… y precisamente por eso funciona. No busca convencer, sino desorientar. Cuando todo parece dudoso dejamos de confiar. Y una sociedad que no cree en nada resulta más maniobrable.
Llevo casi veinticinco años viendo cómo cambian las imágenes y en las aulas lo veo todo el tiempo: los chicos reciben imágenes como nosotros recibíamos palabras. Sin preguntar de dónde vienen. Y cada vez que me detengo a mirar una fotografía, un meme o algo que circula en redes, me acuerdo de Hannah Arendt. Parece viejo, lo sé. Pero cada vez tiene más sentido.
El legado de Arendt: más allá de la mentira
Arendt no escribió sobre redes sociales ni sobre inteligencia artificial. Ni siquiera conoció internet. Pero entendió algo que hoy llamamos posverdad con una claridad super creepy. En 1967, en su ensayo Verdad y política, escribió:
«El resultado de una sustitución coherente y total de la verdad de hecho por mentiras no es que la mentira sea aceptada ahora como verdad […] sino que el sentido mediante el cual nos orientamos en el mundo real —y la categoría de la verdad frente a la falsedad— se ve destruido».
(Hannah Arendt, Verdad y política, 1967)
Para Arendt, los hechos no son opiniones disfrazadas. Son el piso común que nos permite hablar, juzgar, vivir juntos. Cuando ese piso se rompe, no viene la libertad que algunos le atribuyen al Sr. todo interpretaciones Nietzsche. Viene el vacío. Un poder que no necesita que le creas. Solo necesita que dejes de saber qué es creíble.
Hannah Arendt PH: Fred Stein
1975–2026: de la indiferencia al «bullshit» digital
Arendt murió en 1975. No alcanzó a ver nada de esto. Pero otros siguieron pensando el tema. En 2005, Harry Frankfurt publicó un ensayo corto, On Bullshit, que va por el mismo lado:
«El mentiroso conoce la verdad y la oculta. El que dice tonterías (bullshitter) no se preocupa por si lo que dice es verdadero o falso. Simplemente lo elige o lo inventa para su propósito».
(Harry Frankfurt, On Bullshit, Princeton University Press, 2005)
Frankfurt pone el dedo en la llaga: lo que mata no es la mentira, es la indiferencia. Décadas después, cuando Oxford eligió post-truth como palabra del año en 2016, Lee McIntyre lo definió así:
«La posverdad no es simplemente información falsa. Es un entorno en el que la verdad factual ha perdido su autoridad para moldear la opinión pública».
(Lee McIntyre, Post-Truth, MIT Press, 2018)
Esto no nació con Twitter o TikTok. Se cocinó a fuego lento: la velocidad de los medios, la atención como moneda, la opinión convertida en commodity. Hoy, las plataformas no solo amplifican voces. Las ordenan según lo que genera más reacción. Y la reacción viene del conflicto, de la duda, de la burla y de la bronca. Byung-Chul Han lo dice claro en Infocracia:
«La verdad ya no se impone mediante la coerción, sino mediante la saturación informativa y la indiferencia. La democracia se transforma en un mercado de emociones donde los hechos pierden su peso».
(Byung-Chul Han, Infocracia, Taurus, 2022)
Caos mediático y la normalización del escándalo
Vivimos rodeados de ruido. Todos los días. Titulares que se contradicen, polémicas que duran horas, otro «último momento» que no trae nada nuevo.
«El peligro no radica en que la información sea falsa, sino en que sea irrelevante, incoherente o superficial».
(Neil Postman, Divertirse hasta morir, Paidós, 1987, p. 98)
Hoy esa incoherencia es lo normal. Lo escandaloso ya no escandaliza. Nos dormimos. La bronca se volvió un producto que se consume rápido y se tira. Y de ahí pasamos a la burla del distinto: ese contenido que se viraliza disfrazado de inclusión pero que, en el fondo, nos entrena en la indiferencia. Cuando todo es urgente, nada importa. Y cuando todo parece una barbaridad, nos volvemos escépticos. Pero no un escepticismo que pregunta. Uno que se cansa. Que se protege.Caemos así en la trampa de los ‘gordos, ¡se viene!’ versus los ‘gordos, ¡vieron que no pasaba nada!’: un falso dilema entre el pánico y la negación que nos impide mirar con claridad. La pantalla nos muestra un mundo en alarma permanente. Y nosotros aprendemos a mirar sin ver.
Imágenes, algoritmos y esa cosa rara que pasa
Acá hay algo que me genera ruido. Las imágenes ya no son testigos. Son datos. Y cuando esos datos los procesa una inteligencia artificial, pasa algo extraño: no miente. Simula. Con una precisión que nos deja sin herramientas. Vilém Flusser vio venir el bondi antes que nadie, en los años ochenta:
«Las imágenes técnicas no representan la realidad, la programan».
(Vilém Flusser, Hacia una filosofía de la fotografía, Trilce, 1983)
Hoy esa programación es algorítmica. Un modelo de lenguaje no «miente». Calcula probabilidades. Una red neuronal no «falsifica». Optimiza patrones que nuestro ojo reconoce. Ya no se trata de saber si algo es verdadero o falso. Se trata de si nos sirve, si nos incomoda, si nos hace sentir bien. Y ahí vuelve Arendt. Cuando la línea entre verdad y mentira se borra, el juicio colectivo se frena. Quien maneja esa zona gris, maneja el relato.
«La saturación de información contradictoria no nos hace más críticos; nos hace cínicos. Y el cinismo es el mejor aliado del autoritarismo».
(Zeynep Tufekci, Twitter and Tear Gas, Yale University Press, 2017)
Hacia una mirada más atenta
No tengo fórmulas. Lo que sí veo, año tras año, es que los chicos no necesitan que les enseñe a detectar mentiras. Necesitan tiempo. Tiempo para frenar, para preguntar, para dudar. Y eso es justo lo que el sistema no da: tiempo.
«Pensar es el hábito de examinar todo lo que nos ocurre».
(Hannah Arendt, La vida del espíritu, Paidós, 1978)
En mi experiencia, esto no pasa por dar recetas. Pasa por hacer preguntas. Por mirar las imágenes no como ventanas transparentes, sino como construcciones con intenciones. Por detenernos en quién la hizo, por qué, dónde circula. Por permitirnos una pausa antes de compartir. Por recordar que la inteligencia artificial no es un monstruo externo. Es un espejo de nuestras propias urgencias y sesgos.
No tengo certezas. Tal vez esto de querer «formar criterio» suene ingenuo y pete en 2026. Pero si no lo intentamos desde la escuela, ¿desde dónde?
En medio del ruido, la indiferencia hacia la verdad no es un fracaso personal. Es un síntoma de época. Quizás la educación sea uno de los pocos espacios donde todavía podemos, con paciencia, recuperar ese piso común de los hechos. No como verdades intocables. Sino como condiciones para vivir juntos.
Pensar en la era de la posverdad no requiere grandes gestos. A veces basta con detenerse a mirar una imagen con atención. Con contrastar una fuente sin prisa. O con admitir, simplemente, que algo nos genera dudas. Desde mi lugar, me parece que ese pequeño gesto ya es un punto de partida. Y tal vez, al compartirlo, podamos seguir construyendo, entre todos, formas más atentas de habitar lo real.
Para cerrar, comparto las fotos de la serie Sputnik de Joan Fontcuberta (1997) son desconcertantes. Muestran a un cosmonauta soviético, Ivan Istochnikov, su misión espacial, la cápsula, los documentos. Todo parece real. El problema es que nunca existió.
Fontcuberta lo inventó todo. Y lo presentó en un museo, con toda la autoridad que eso implica. Mucha gente lo creyó. No porque las fotos fueran perfectas, sino porque el contexto las validaba. Ahí está el punto: no hace falta que la mentira sea convincente. Solo hace falta que el criterio de verdad se haya debilitado lo suficiente.
Fontcuberta no nos engañó. Nos mostró cómo funcionamos. Y eso, quizás, es lo más inquietante: que podamos construir una historia oficial desde la nada, y que nadie se detenga a preguntar.Como diría Arendt, no es que creamos la mentira. Es que dejamos de saber qué merece ser creído.
Vista de la instalación de la exposición celebrada en el Centro de Imagen Virreina, Barcelona, 2008.
- Arendt, H. (1967). Verdad y política. Publicado originalmente en The New Yorker; reeditado en Entre el pasado y el futuro (Paidós, 1996).
- Arendt, H. (1978). La vida del espíritu. Paidós.
- Frankfurt, H. (2005). On Bullshit. Princeton University Press.
- Flusser, V. (1983). Hacia una filosofía de la fotografía. Trilce.
- Han, B.-C. (2022). Infocracia. Taurus.
- McIntyre, L. (2018). Post-Truth. MIT Press.
- Postman, N. (1987). Divertirse hasta morir: El discurso público en la era del espectáculo. Paidós. [Ed. original: Amusing Ourselves to Death, 1985]
- Inaki Iral
- Tufekci, Z. (2017). Twitter and Tear Gas: The Power and Fragility of Networked Protest. Yale University Press.
- Joan Fontcuberta. Sputnik - 1997
Prensa 18 está formado por jóvenes estudiantes y egresados de periodismo del ISET 18 con el objetivo de redactar noticias y hacer coberturas como parte de las primeras prácticas profesionalizantes.