El caso de Julieta Prandi recuerda que la violencia de género no es una excepción, sino parte de un entramado social que todavía permite abusos. Su denuncia y la condena de 19 años a su exmarido representan un triunfo judicial, pero también exponen las resistencias que el feminismo enfrenta cada día. No basta con celebrar un fallo: la vida cotidiana sigue marcada por la desigualdad, incluso en sus formas más cotidianas y naturalizadas.
Una de esas formas invisibles de violencia son los micromachismos. Se manifiestan en gestos, silencios y actitudes normalizadas: cuando una voz femenina se ignora en una reunión, cuando se espera comprensión infinita de las mujeres, cuando se aplaude la docilidad. Son pequeños actos que, acumulados, sostienen la misma lógica patriarcal que avala violencias mayores.
Desde la infancia el aprendizaje es encajar en moldes rígidos: la “niña buena”, la que acompaña, la que cuida. Ese mandato de maternar a parejas, hijos, padres o amigos no nace de la nada: es parte de la educación sentimental que reproduce el sistema. Como señala la teórica feminista Bell Hooks (autora y referente del feminismo en Estados Unidos, que visibiliza la opresión cruzada por género y color de piel), muchas veces son las mujeres las que terminan perpetuando estas expectativas, porque se les enseñó a vivirlas como naturales.
Ahora bien, el machismo no es exclusivo de los hombres ni de las relaciones heteronormativas. Por el contrario, todas las personas han aprendido y reproducido prácticas que sostienen la desigualdad. Incluso los varones son víctimas de un sistema que los obliga a ser proveedores, fuertes o distantes, negándoles sensibilidad. El feminismo, entonces, no es una lucha contra hombres, sino contra un entramado que atraviesa a todos y que exige un ejercicio constante de revisión.
En 2018, con el debate por la legalización del aborto seguro y gratuito, el feminismo tuvo una reactivación que marcó un antes y un después en la historia reciente. La llamada “marea verde” no solo instaló la discusión en el Congreso, sino que desbordó las calles y atravesó escuelas, universidades, familias y lugares de trabajo. Fue un fenómeno colectivo que potenció nuevas formas de organización y visibilización, en el que miles de mujeres y diversidades encontraron por primera vez un espacio común para reconocerse y nombrar violencias que antes se mantenían en silencio. Aquella irrupción evidenció que lo personal era político y que la lucha por la autonomía de los cuerpos estaba directamente ligada a la conquista de derechos.
Tras esa explosión, llegaron las etiquetas despectivas, la desinformación y la fragmentación interna. El feminismo parece en pausa, pero toda causa tiene momentos de repliegue y revisión. No se trata de retroceder, sino de detenerse para mirar de nuevo el camino. Porque mientras haya micromachismos intactos, la igualdad sigue siendo una tarea pendiente.










