El músico francés, tras inaugurar su gira en París el pasado sábado, presenta un álbum que no es solo una nueva entrega, sino una declaración de principios artísticos en la era del consumo fugaz. Publicado el 17 de octubre, el disco se erige como un gran logro en su prolífica carrera.
Benjamin Biolay es, sin duda, uno de los artistas más ambiciosos de la escena musical actual. Con «Le Disque Bleu» (2025), no se limita a sumar un título más a su discografía, sino que regresa a la eficiencia creativa con una obra que dialoga directamente con el esplendor de su aclamado álbum doble «La Superbe» (2009). Una apuesta consciente por la profundidad en tiempos de inmediatez.
Este nuevo trabajo, de 24 pistas y casi hora y media de duración, desafía las convenciones actuales con un absoluto control cualitativo. Lejos de caer en desniveles bruscos, rutina o cambios melódicos forzados, el disco despliega maestría, vitalidad y un estado de contemplación que confirman la madurez artística de su autor.
«Le Disque Bleu» funciona como un mapa sonoro y emocional que explora las dualidades que definen el universo de Biolay: la pertenencia frente al nomadismo, la tradición frente a la modernidad, y la maestría externa contra una melancolía interna tan característica de este artista. La división del álbum en dos discos, «Résidents» y «Visiteurs», articula esta narrativa de forma brillante, sirviendo como eje conceptual de la obra.
«Résidents»: el ancla melancólica
El primer disco, «Résidents», constituye el ancla temática de la obra. Centrado en el sentimiento de pertenencia y la melancolía doméstica, se enmarca en el sonido más reconocible de Biolay: una sofisticada mezcla de pop, rock y chanson con arreglos orquestales que evocan su característico dramatismo cinematográfico.
Desde la apertura con «Le penseur», las percusiones cálidas y las cuerdas establecen un tono contemplativo, como si el artista se detuviera a reflexionar sobre su vida despojado del personaje público. En «15 octobre», una balada envuelta por el sonido prominente de un chelo, la atmósfera melancólica se intensifica, mientras que «Pauline partout, Justine nulle part» destaca como una de las mejores canciones del disco, fusionando groove y cuerdas templadas en un ritmo irresistible sin perder sofisticación.
Biolay también rinde homenaje a sus raíces culturales. En temas como «Mon pays» y «Résidents, visiteurs», se siente la herencia directa de Serge Gainsbourg, donde saxos y pizzicatos construyen climas de seducción actualizados. Al mismo tiempo, guiña el ojo a la sencillez de Georges Brassens en «Testament» y eleva la chanson a la alta literatura al incluir versos del poeta Louis Aragon en «Oh la guitare».
El cierre de esta primera parte llega con «Trois grammes», una balada acústica de tempo jazzístico que sirve como puente emocional hacia el viaje contemplativo de «Visiteurs».
«Visiteurs»: el espíritu nómada
El segundo disco encarna la antítesis: el espíritu nómada y la seducción de otras latitudes. Grabado entre París, Bruselas, Buenos Aires y Río de Janeiro, con Sète como punto de enlace, «Visiteurs» es un diario sonoro que refleja la vida de Biolay más allá del artista. Aquí, el azul es más claro, cálido y ligero, canalizando la melancolía del viajero.
La inmersión en la bossa nova es uno de los grandes hallazgos del álbum. «Mauvais garçon» muestra esta influencia con elegancia natural, pero es en la colaboración con Jeanne Cherhal en «Où as-tu mis l’été?» donde la búsqueda alcanza su punto más alto, cerrando el álbum con una belleza conmovedora.
Este tramo también abre la puerta a lo íntimo y lo frágil. Biolay se muestra casi despojado en canciones como «Mes souvenirs» y «Ooooooo», donde una instrumentación mínima genera un clima de brisa suave y mágica. En «Kika», el parlé-chanté —ese recitado tan propio de la chanson— adquiere un dramatismo profundo, envuelto en cuerdas que abrazan y lastiman al mismo tiempo.
A pesar del cambio geográfico, el diálogo con la tradición poética francesa permanece intacto, como demuestran las evocaciones a Brassens en «Les trois amis» y la versión de «Les passantes».
Versatilidad y cohesión: el arte de la contradicción
Biolay demuestra una versatilidad estilística sobresaliente, contrastando la energía del rock eléctrico en «Soleil profond» —con su riff imponente— con la incursión en la psicodelia adictiva de «Morpheus Tequila». Mientras, el primer sencillo, «Juste avant de tomber», confirma que la ambición del proyecto no sacrifica la creación de éxitos pop de calidad.
En el corazón de «Le Disque Bleu» late la melancolía. La elegancia, el charme y la finura del álbum no son simples gestos estéticos, sino una armadura brillante que protege a un yo sensible. Como si la perfección formal fuera la prueba de que el dolor no llega a tocarlo.
Esa identidad partida se manifiesta en la mezcla de géneros, donde cada estilo representa una voz distinta del mismo yo: el Yo Catártico en el rock y la psicodelia; el Yo Nostálgico en la bossa nova y los guiños a Brassens; el Yo Vulnerable en las baladas acústicas; y el Yo Maníaco en el pop expansivo.
Títulos como «Pauline partout, Justine nulle part» resumen esta lógica de apego evasivo, persiguiendo un ideal imposible mientras lo real queda fuera de alcance. Es justamente esta profundidad —la capacidad de transformar el conflicto interno en arte refinado y con autoridad— lo que convierte a «Le Disque Bleu» no solo en un gran disco, sino en una obra perdurable.
4/5: ⭐⭐⭐⭐











