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Iniciación en la logia de las tías

Las conexiones del rock de los ´90 que cobijan el debut de Violet Grohl se revelan en un misterioso viaje de trasnoche.

ms by ms
4 junio, 2026
in Musica
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Iniciación en la logia de las tías
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Subo al taxi. De fondo suena «Celebrity Skin», ese pulso de bajo gordo y perfectamente empaquetado que Melissa Auf der Maur grabó para las giras de Hole y que luego refinó en las texturas de *Machina/* con los Pumpkins. Mientras el auto avanza por el pavimento irregular, abro el teléfono para chusmear las novedades de la semana. Veo un apellido que pesa como un yunque: Grohl. Violet Grohl. Al lado, el nombre de su tema debut: «Applefish».

Automáticamente, mi cabeza hace un puente extraño. ¿»Applefish«? Recuerdo a los ex Goodbye Mr. Mackenzie, ese proyecto de culto gótico escocés de los noventa. Pero no, la asociación correcta es Angelfish, la banda posterior que armó Shirley Manson con algunos ex-miembros de los Mackenzie,  un disco bastante más oscuro y denso. Me quedo colgado en esa coincidencia nominal cuando el chofer me mira por el espejo retrovisor. Llevo puesta una remera con la silueta del agente Dale Cooper. El tipo aclara la garganta y me interrumpe:

 

— Usted sabe que en la Logia Blanca viven los espíritus que guían al hombre, ¿no?  -dice, serio – Pero para llegar ahí, primero hay que pasar por la Logia Negra. Ahí te encontrás con tu propia sombra. El Habitante del Umbral, le dicen. Si no te plantás con perfecto coraje, esa sombra te devora. El arte real funciona igual, es el único umbral donde las dos logias cooperan.

— De una.

 

Le asiento con la cabeza, impresionado por el nivel de la trasnoche, y vuelvo a mi bubble. Empiezo a revisar las notas anteriores que escribimos en la otra revista, repasando análisis previos sobre la piba.

En la radio del taxi termina «Celebrity Skin» y, en una sincronía casi ridícula, arranca el fuzz podrido de «The Everlasting Gaze» de los Pumpkins. Scroleo el archivo mientras la distorsión monolítica me hace headbanguear. Vuelvo a leer las gacetillas oficiales que inundan los medios tradicionales, los comentarios de Twitter, el cotilleo de la industria. Todos apuntan para el mismo lado, repitiendo el monocordio del árbol genealógico. Pero mientras leo y escucho los acordes pesados de fondo, tengo la impresión que a todo el mundo se le está pasando por alto algo. Nadie está diciendo lo evidente.

— Esa sombra de la que le hablo – vuelve a meter bocados el taxista, doblando bruscamente a la izquierda –  no es mala en sí misma. Es una herencia. Son frecuencias puras buscando un cuerpo donde encarnar. La gente cree que los fantasmas asustan, pero a veces solo quieren que les prestes el parlante un rato para volver a sonar.

— De una.

Me guardo el teléfono mientras sospecho un poco sobre la verdadera identidad del taxista en la madrugada, además de percibir cierto tinte pingüinesco en el comentario, en fin. El viaje termina, llego a casa con la teoría de las frecuencias en la cabeza, debato conmigo si empiezo por el disco o voy al videoclip? es 2026 casi que no queda humano que piense en musica sin imagen. Violet y la epifanía del taxi termina de cerrar por completo.

El puente visual: De «Applefish» a Angelfish

El eslabón inicial está ahí, en esa deriva mental del viaje. Al poner «Applefish», te encontrás con un himno de rock etéreo y atmosférico, una parálisis contemplativa donde el sujeto queda varado en la orilla mirando hacia el otro lado. Pero cuando das vuelta el disco y pasás a «THUM», la delicadeza se rompe para darle lugar a su primera presentación visual formal. Y es ahí donde el lazo con Angelfish florece.

Despues de todo no es casualidad (ni sorpresa) que la imaginería gótica y claustrofóbica sea el cable a tierra de Violet. Si uno hace arqueología visual y viaja a 1993, a la primera aparición de Shirley Manson en el videoclip de «Suffocate Me«, se encuentra con el mismo rigor. En aquel clip, Shirley cantaba atrapada dentro del marco de un cuadro, hablando desde un limbo inaccesible, o se acostaba sobre el esqueleto de alambre de un colchón vacío, despojado, flotando sobre un piletón de agua con platos de comida y velas flotando en una especie de macumba doméstica o ritual a Yemanyá. Esos planos en cámara lenta en blanco y negro que se mueven como olas, las aberraciones opticas artesanales a lo Wong Kar-wai o la mesa rodeada de maderas con un fondo rojizo y cálido donde una luz cegadora recorta su silueta, son el acta de nacimiento de proyectos que entienden la iconografía como una trinchera. Garbage y Angelfish siempre cuidaron su arte de forma obsesiva; Incluso cuando no eran una banda con presupuesto de 6 ceros.

Aprovecho para contarles que Wong Kar-wai es crack con los efectos de refracción analógica, un recurso típico del cine de guerrilla de los 90. Consiste en filmar a través de vidrios texturados, espejos con imperfecciones o cristales baratos para generar aberraciones visuales directamente en la lente. Era el truco definitivo de los directores más de vanguardia: un efecto de alto impacto estético, costo cero y pura astucia artesanal, analógico (no lo acomodan en after, no habia after) ideal para quienes no tenían billete pero les sobraba identidad.  Además de quedar muy fachero aporta a la narrativa desde lo visual, se usa para mostrar que el personaje esta confundido, que la realidad se estaba rompiendo o para pasar de la delicadeza a algo más caótico y psicológico. Violet hereda esa misma disciplina del misterio visual.

 

 

La cocina de «THUM»: La cooperativa de los tíos invisibles

Al ponerle play al video de «THUM», pasan cosas. Hay algo de profanación estética en el aire. Mientras la voz de Violet te arrastra por una lírica somática de dedos mordidos y acetona amarga, musicalmente uno jura verla procesando el ruido de fondo con el que creció, pero bajo sus propias reglas. Es una asociación inevitable: el sonido tiene esa sequedad táctil, rítmica y sin *reverb* de la escuela del tío Josh (Homme), un groove sucio que te obliga a mover los hombros y que corta el pulso a machete, de forma minimalista. Pero Violet arma un prittiau con eso: le saca el sudor del desierto  y lo ubica en una catedral industrial hiper-comprimida a lo *Machina, the machines of god*. Inyectándole el fuzz ultra-comprimido de tío Billy (Corgan).

No es un tema prolijo; suena claustrofóbico. Es el groove seco y bailable de tío Josh dándole la mano a la distorsión monolítica y pesada de tío Billy. Una cooperativa de tíos invisibles sincronizando la pedaleada en un botecito del laguito, trabajando en equipo sin que ellos mismos lo sepan. Al final, la piba demuestra que este sonido, bajo su mirada de diecinueve años, puede funcionar como el analgésico para el pánico adolescente moderno.

 

Billy Corgan y Josh Homme
Tio Billy y Tio Josh pedaleando en el laguito

Las tías y las cualidades de la Logia

Es que, si miramos de cerca, esos nombres que gastamos en las revistas de música distan bastante de los humanos; parecen las materializaciones terrenales de las cualidades de la Logia. Así como el zodíaco divide el cielo, el plano astral del rock se manifiesta a través de frecuencias específicas que poseen a sus elegidos.

Cuando escuchamos la voz que Violet despliega es la misma vibración de expiación grunge que en su momento poseyó los cuerpos de Courtney o Joan Jett. Es que la piba se planta en la intimidación vocal y la crudeza del audio, y lo que asoma es el ente de la desobediencia punk, ese mismo que dictaba las pautas performáticas de la tía Kim (Gordon) o el desgarro rítmico de tía Brody (Dalle). Inclusive esa melancolía sofisticada y ese luto gótico que flotan en su propuesta podrían ser la decantación de una energía oscura y teatral que antes tomó las formas de PJ Harvey o de Siouxsie Sioux. A esa constelación se le suma una brujería flotante y mística, una línea directa con el magnetismo de Stevie Nicks, esa deidad gipsy que sobrevuela el altar de devociones familiares.

De Melissa Auf der Maur, precisamente, Violet hereda la solidez del pulso y una certeza metafísica:  cuando aparece una piba con el *background* cósmico suficiente para encarnar estas deidades y montar su propia iconografía, el público se detiene a mirar. Dista de la búsqueda del *mainstream*, es más, el apellido obliga a que sea el mainstream el que la tenga que venir a buscar; se siente más la necesidad orgánica de congregar a un culto.

 

El refugio en el corral del algoritmo

Esta propuesta estética es un quiebre necesario en el mapa actual. Hoy en día, el algoritmo no nos ofrece un bombardeo uniforme; hace algo mucho más perverso. Nos pone necesariamente en corrales, en *bubbles*, en una salita de 3 años con todo tipo de seres que piensan y quieren exactamente lo mismo que vos, que se ríen y se indignan con las mismas cosas, en una cámara de eco perfecta. Y cuando empezás a mirar más de cerca, te das cuenta de que muchas de esas personitas de la salita ni siquiera existen: son robotitos que solo suman apoyo o indignación a la media del corral. Vivimos en un momento donde es difícil salir de la propia burbuja y lograr atención en otro corral, donde probablemente están trendeando otra cosa que no sabes que existe.

Para las creadoras de diecinueve o veinte años asomarse hoy más allá de su burbuja nativa puede ser un golpe hostil, si intenta mostrar su arte fuera de su corral digital, se expone a los reflejos deformantes de internet. Su mensaje corre el riesgo de traducirse en códigos de paranoia, odio o resentimiento. Pero frente a esa logia negra del malentendido, el relato de Violet propone un contrahechizo: una teoría de conspiración afectiva. Una mirada donde los hilos secretos no los maneja el mal, sino el amor que nos moldea, el que termina dando forma a las personas. Es en este quiebre donde las advertencias del taxista sobre la Logia y el Habitante del Umbral dejan de ser una amenaza y cobran un sentido poético y definitivo.

 

La verdad que no encontré en ningun portal es que Violet tiene muchísimo más de sus tías espirituales que de su propio padre. Su espíritu por el momento dista bastante de aprender a volar y la testosterona de estadios llenos (y amigos mu3rtos jojojo); se vislumbra cierta geometría sagrada de afinidades electivas (y afectivas). Dave Grohl amó profundamente a las musas que definieron la desobediencia de los noventa. Su romance con Melissa Auf der Maur previo al nacimiento de Violet, o su devoción confesa por figuras como Stevie Nicks y Shirley Manson, están lejos de ser anécdotas de festival. Son los puntos de una constelación. Una serie de cruces donde las musas tomaron el control y marcaron el futuro.»

La Logia necesita que sus musas enamoren a los hombres de una época para que, a través de ese amor de culto, nazcan las herederas genuinas de lo que ellos amaron. (personalmente, comparto esa sospecha borgeana de que los espejos y la paternidad son abominables). Su padre debe estar saltando en una pata de la felicidad, conmovido, al ver que su hija no se parece tanto a él,  y que condensa a sus más grandes amores, a las musas de las que fue y sigue siendo el fan número uno. Violet es el contenedor, la bola de oro lyncheana que resguarda la mística sónica frente al corral digital. Detrás de ella habita un ecosistema de afectos: un ejército de tías invisibles cuidándole las espaldas desde el otro lado del cuadro.

 

 

ms

Tags: LanzamientosMusicapopReleasesRock
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