La comunicación brota de todas partes, la sociedad de la información nos coloniza con imágenes, señales y mensajes que llegan desde los más extraños rincones de la tierra, “y más allá”. Nada escapa a la mirada panóptica del ojo digital, ni siquiera lo íntimo.
La sobrecarga informativa tergiversa el poder efectivo de la información, y paradójicamente, nos sumerge en un laberinto de bits que nos condena al castigo del desconocimiento. En este contexto, lo real y lo ficticio se disputan la conquista de nuestros sentidos, y en ese perverso match, el resultado suele ser la incapacidad para discernir lo auténtico de lo falso.
En épocas de pandemias y cuarentenas crece el nivel de ansiedad y miedo, y una de sus consecuencias, es la multiplicación compulsiva de la información, que en principio, está destinada a aclarar aspectos desconocidos de la crisis. Sin embargo es solo una apariencia, una forma de sentir que uno hace algo para ayudar, sin advertir que, en definitiva, lo que produce es mayor incertidumbre comunicativa. La Organización Mundial de la Salud denomina a este fenómeno como “Infodemia”
En los momentos críticos la primera víctima suele ser la información veraz, sin embargo, todo padecimiento tiene su antídoto, que en este caso, es la posibilidad de acceder a noticias de fuentes confiables. Los periodistas y comunicadores son los que están en mejores condiciones, más aún en ciclos excepcionales, de aportar su experticia para racionalizar las noticias de una sana comunicación.
En catástrofes la comunicación suele ser colonizada por el pensamiento mágico que pretende dar respuesta a la alta carga de angustia. Las redes se llenan de rezos, oraciones, plegarias, ritos y fórmulas que invocan a dioses y santos que pretenden exorcizar la peste. Se proyecta en lo omnímodo la resolución del problema y se pretende conjurar el daño con el ritual. En este desconcierto informativo las noticias de fuentes ciertas se abren paso a los codazos para alcanzar la atención del público. Una vez más, el profesional formado garantizará sensatez noticiosa.
Las redes son el huésped preferido para este tráfico de información, cientos de miles de mensajes circulan libremente por nuestras pantallas sin licencia de autenticidad, sin control de “calidad”, ni filtro de legitimidad.
El usuario común, que no está formado para el manejo noticiario, mucho menos en época de crisis, toma en sus manos la información y la distribuye generalmente sin chequeo de fuentes, sin tener en cuenta el origen de la pieza informativa y sin una selección planificada del fárrago de noticias que circulan.
En tiempo de confusión informativa es necesario separar la paja del trigo y reivindicar la tarea de los periodistas y comunicadores, que en estas circunstancias extraordinarias, son los que están en mejores condiciones de llevar a cabo esa tarea. La formación y la capacitación de estos profesionales en el buen manejo del oficio es lo que garantiza mayores posibilidades de aproximación de la realidad.
Los medios de comunicación, salvo sus variables amarillistas, están “intentando” realizar una cobertura de la pandemia bastante ajustada a la realidad. La mayoría cierra sus líneas editoriales apegados a noticias oficiales y datos que emanan de despachos ministeriales. Esta posición permite informarnos de fuentes ciertas y responsables sin necesidad de someternos a la incertidumbre de las noticias falsas.
Posiblemente el nuevo mundo que propone el coronavirus enfrente a los medios de comunicación con la oportunidad de entender la información como un bien público esencial. Sería todo un hallazgo. Un efecto colateral positivo de la catástrofe.








